Noticia: «Araucarias: Dinosaurios de la botánica en peligro de extinción»

La araucaria fue declarada como monumento nacional de Chile en 1976 y factores como el cambio climático las están afectando gravemente.

Ricardo Meliñir muestra orgulloso uno de los pocos bosques adultos de araucarias que quedan en Chile gracias a una dura batalla que libró su pueblo, los pehuenches, contra las madereras, que junto al cambio climático acechan a este dinosaurio de la botánica.

«Incalculable la edad de estas araucarias«, dice este hombre de 63 años curtido por el viento y el frío, mientras señala a una gigantesca que cayó este invierno vencida por el peso de la nieve y los años.

En Quinquén, una localidad en la región de La Araucanía, sólo el 40 por ciento del bosque de araucarias es virgen, cuenta Meliñir, lonko de esta comunidad pehuenche.

En 1991, con el primer gobierno de la democracia tras la dictadura, los pehuenches recuperaron sus tierras, aunque las madereras habían talado parte de estas coníferas sagradas para los mapuches, cuyo origen se remonta a unos 260 millones de años.

Expulsados de este territorio por una erupción del volcán Lonquimay en 1940, cuatro hermanos regresaron a partir de 1973 para reclamar las tierras que pertenecieron a sus antepasados y que habían sido ocupadas por las madereras.

En la actualidad, medio centenar de familias —unas 200 personas que llevan todas el apellido Meliñir— viven desperdigadas por el primer territorio indígena de conservación desarrollado en Chile, de unas 10 mil hectáreas.

Pero el cambio climático que favorece los incendios, la destrucción del bosque nativo y la extracción masiva de piñones —considerados un producto gourmet— han convertido a estas «torres de Chile», como las describía en su Oda a la Araucaria el Nobel de Literatura chileno Pablo Neruda, en especies altamente vulnerables.

Cambio climático ¿nueva amenaza? 

Los investigadores luchan contra el tiempo para identificar una nueva enfermedad que se abate sobre las araucarias desde hace unos años y que podría tratarse de los efectos del cambio climático, pues la falta de lluvias favorecería la aparición de uno o varios hongos que empiezan secando las ramas y terminan matando al árbol, en particular los ejemplares más jóvenes. El 2 por ciento de los árboles del 90 por ciento afectados ha muerto.

A ello se suman los incendios cada vez más frecuentes, como el que consumió más de medio millón de araucarias en la Reserva Nacional China Muerta en 2015; su lento crecimiento, y que se trata de una planta diódica, es decir que requiere la coexistencia de árboles machos y hembras para polinizarse.

Polinizada por la acción del viento, la araucaria posee una especie de flores masculinas, que se ubican en la terminación de las ramas de color castaño oscuro, y las femeninas, de color verde amarillento, que «pololean», como dice Meliñir, en la primavera boreal. En marzo y hasta que caen las primeras nieves en abril, producen sus frutos.

Hay que esperar entre 20 y 25 años para que esta especie de gimnosperma empiece a dar sus primeras semillas.

Declarado monumento nacional en 1976, el académico Rubén Carrillo, de la Universidad de la Frontera, urge al ministerio de Medio Ambiente para que incluya a este árbol de largas ramas horizontales, que puede llegar a medir hasta 60 metros de altura y 3 metros de diámetro, en la lista de especies en peligro de extinción después de haber superado todos los trámites previos.

«¡Lo único que falta es que el decreto aparezca en el diario oficial!«, exclama frustrado, tras recordar que es la única araucaria de las 17 especies que se conocen que se asocia a los pueblos originarios y la única que se da en clima templado.

En los últimos años, los bosques de esta especie nativa del sur de Chile y Argentina se han reducido a unas 260.000 hectáreas solo en Chile, repartidas entre las cordilleras de los Andes y la de la costa o Nahuelbuta, las más amenazada, desde La Araucanía hasta Los Ríos.

Atractivo local 

Para la comunidad pehuenche, «el piñón de la araucaria es el único sustento, la única agricultura que tenemos aquí», explica René Meliñir, hijo del lonko y con formación de cocinero. 

De este fruto alargado se elaboran bebidas, harina, se comen cocidos, asados y en la cocina de fusión hacen mermelada de piñón, kuchen o tortas. «Tiene muchas proteínas y calorías, no contiene sodio ni gluten, lo que los hace más saludables», asegura.

Al amparo de las araucarias, una parte de la comunidad de Quinquén quiere abrirse al ecoturismo para diversificar los magros ingresos que obtienen de la agricultura y ganadería de subsistencia que todavía practican. 

Unos 200 turistas, la mayoría franceses, llegaron el pasado año, cuenta Alex Meliñir, presidente de la cooperativa, integrada por una quincena de socios, dispuestos a mostrar al mundo la esencia de esta comunidad que solo aspira al respeto y la conservación del medio ambiente, como lo hacían sus antepasados.

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